Berlín, Texas

El día que llegué a Berlín, años atrás, de las más de cuatro millones de personas que vivían allí yo no conocía a ninguna. Desde el avión las luces de la ciudad dibujaban un plano caótico e interminable. Es posible que sintiera ansiedad y miedo. Es muy posible que estuviera ilusionado.
En el aeropuerto me recogió alguien que tenía una extraña relación parental con la chica con la que hacía el intercambio, el hijo que tuvieron su padre y una hija de su madre con un matrimonio anterior, o algo así. El tipo tenía prisa. Corrimos con las maletas hasta su pequeño coche, que lanzó cual bólido a través de mi primera noche alemana, subimos corriendo las cuatro plantas que separaban mi nueva vivienda del suelo y denegó mi invitación a un Rioja mientras bajaba a toda prisa por las escaleras.
La primera conversación que tuve en alemán fue en un supermercado. Creo que estaba un poco aturdido por haber pasado más de hora y media tratando de averiguar que es lo que había dentro de los envoltorios, qué podía ser comestible de todo aquello, porque cuando la cajera me interrogó por si tenía un penique suelto ‘¿einen Pfennig?’ yo no me enteré de una mierda a pesar de que había estudiado alemán casi un mes entero antes del viaje. Ella insistió varias veces hasta el punto de sacar un penique de la caja y blandirlo violentamente muy cerca de mi nariz mientras gritaba, y juro que gritaba: ‘¡¿einen Pfennig?!’. No se si llegué a darle el puto penique a aquella zorra. Toda la cola me miraba. Yo me miraba los pies mientras salía del supermercado y pensaba en encontrar algún modo de conseguir comida sin la necesidad de hablar con nadie.
Faltaban dos semanas para que empezara el curso, algo que expliqué a mis padres con la excusa de que me vendría bien tener tiempo para hacerme con la ciudad antes de que me pusiera a estudiar como un loco, pero la verdad es que me moría de ganas de largarme de mi Sevilla natal. Me levantaba temprano y salía a caminar buena parte del día, en ocasiones con alguna ruta pensada, pero generalmente derivando. De aquella andaba obsesionado con Guy Debord y las guías psicogeográficas, que están muy bien cuando uno no tiene nada que hacer, lo que era exactamente mi caso. Por la tarde volvía a casa y, al no tener tele ni ordenador, me ponía a leer o a dibujar o a pintar. Al fin y al cabo se suponía que para eso estaba allí. Por buenas que hubieran sido mis calificaciones en la universidad no acaba de encontrar una justificación válida para que el estado me pagara una mensualidad por estar allí haciendo eso. Más tarde, al conocer estudiantes nórdicos, me di cuenta de que lo mío no era nada.
Pasé tres días que se podrían calificar de felices, pero el cuarto empecé a sentirme raro. A la noche me di cuenta de que llevaba cuatro días sin hablar con nadie, cosa que jamás me había pasado en la vida, y de que sentía cierta angustia. Esa noche me llamó mi madre, había conseguido una tarifa plana para poder llamar a cualquier lugar de Europa un cuarto de hora diario. No se si me notó algo en la voz o si era para amortizar el servicio, pero a partir de ahí me llamaba todas las noches. A las ocho y media. Antes de descolgar dejaba que el teléfono diera cuatro tonos para que no notara mi ansiedad. Alguna vez, tras colgar, me ponía a llorar.
Vivía en la calle Schliemann Strasse, en Prenzlauer Berg, un barrio joven del Oeste, sembrado de patios interiores, parques infantiles y con un pequeño pero encantador friedhof-park (cementerio-parque) al que me gustaba ir a leer. Allí solían ir también madres con recién nacidos, paseaban los carritos entre los setos y las lápidas mientras dejaban a los niños mayores jugando en los columpios. Una vez mantuve una breve y naif conversación con una de ellas sobre un dibujo que estaba haciendo en el que su hijo de tres años jugaba sentado en una tumba. No lejos de mi casa estaba el campo del Hertha Berlin, y con él los campos de entrenamiento de las categorías inferiores. A falta de televisión me gustaba ir a ver los partidillos. Solía llevarme un recopilatorio de poesía de Felipe Benítez Reyes que me había regalado mi novia, que me odiaba por haberme marchado a Alemania y no pensaba gastarse un duro en llamarme, algo que, en cierto modo, me tranquilizaba. El libro no me daba la calidez que yo le demandaba, pero eso no era culpa de Benítez Reyes, que mezclaba su ‘poesía de la experiencia’ con el olor a óxido que desprenden las farolas a causa del salitre marino que impregna el aire de su Rota natal. Una calidez que si encontré cuando un día dejé el libro dentro de la mochila y me puse a jugar al fútbol. De tanto que lo repetían, aprendí que ‘weiter’ significa ‘adelante’. Fútbol directo. Seguí llevando el libro, pero no lo volví a abrir.
Aunque no llegué a conocer a los más de cuatro millones de habitantes que tenía Berlín de aquellas, si conocí a suficientes para volver con la sensación de que en esa ciudad todo el mundo estaba solo. Estaba Gerald (al que le encantaba que le llamara Geraldo), tantas veces divorciado a pesar de su juventud, en realidad enamorado de Cuba. Estaba Luis, del que aprendí el vitalismo que habita en la excentricidad y el precio que hay que pagar por ella. Estaba la pequeña Arianne con sus demonios interiores. Estaba Peter (pronunciándose Pèta) con sus demonios interiores y su bote de spray negro. Estaba Uli con su irreprimible homosexualidad reprimida. Estaba Ricardo con su fabuloso Citroën 2CV, siempre sonriendo, siempre dispuesto. Estaba Anne con su hijo y sin el padre, que no estaba. Estaba Miguel y sus pinturas mexicanas. Estaba aquella chica que tenía los ojos iguales a los de la protagonista de ‘El resplandor’, con el mismo miedo, el mismo desconcierto. Estaba Leiko y su maternal respuesta a la enfermedad. Estaba Jose María, su tupida barba y su cincel, como un Miguel Ángel vasco fuera de lugar y de tiempo. Estaba Joao y su incontenibilidad hacia las mujeres. Estaba Suna, aunque la conocí aquí años mas tarde. Estaban Lothar con su mal humor y sus clases y Katharina con su buen humor y sus clases. Por allí estaba yo también, claro.
Hace nada comentaba con una amiga (esta conversación fue la que me llevó a escribir este post, que se me ha estirado de forma grosera) que Barcelona, con sus mas de millón y medio de habitantes sin contar las áreas metropolitanas, estaba llena de gente sola a diferencia de, por ejemplo, el pueblo de mi abuela materna. Por descontado que no quiero idealizar la visión de la vida rural, que personalmente evitaría por cualquier medio, muerte incluida. No creo que haya muchas personas por aquí, aunque alguna seguro que si, que lleguen a pasar cuatro días seguidos sin cruzar palabra con nadie pero si que es cierta la existencia del desarraigo masivo (del que participo) direccionado hacia las grandes urbes en pos de cumplir con ciertos objetivos profesionales y lúdicos o sencillamente con el propósito de huir y disolverse en la masa. Se podría considerar una descripción extensiva (que no extensa) y quizá justificante de este fenómeno la lapidaria sentencia de un personaje de ‘La posibilidad de una isla’ de Houellebecq: ‘nacemos solos, vivimos solos y morimos solos’.
Aquella novia que me odiaba (y que ya no me odia, no tanto porque volví de Alemania como porque ya no es mi novia) vive ahora en El puerto de Santa María, muy cerca de Rota, donde sospecho que sigue viviendo Benítez Reyes y donde mis padres no hace mucho se compraron un apartamento en primera línea de playa, donde huele al óxido que desprenden las farolas a causa del salitre marino que impregna el aire. En una pared del salón del apartamento tienen enmarcada y colgada una pintura que hice durante esas dos primeras semanas en Berlín, y que no se de donde sacaron, porque no recuerdo haberla traído de vuelta. Es un autorretrato en el que muy vagamente se distingue la que fue mi habitación. Una cama a ras de suelo, un jarrón azul con dos enormes flores de plástico naranja y un espejo en el que se ve una difusa figura con vaqueros y camiseta blanca, que soy yo. Yo entonces.